Hoy en la Universidad Iberoamericana fuimos testigos de lo que realmente pasa con la democracia de nuestro país. El candidato presidencial con más “oportunidad” de ganar las elecciones el próximo primero de julio se presentó a dialogar con los alumnos.
En la carrera de comunicación desde hace…
Una buena noche, que parecía pintar muy bien, podía ser la ideal para olvidar el agotador trabajo de seis días de cada siete. Al menos una, en la que pudiese reprimir un poco más por tan solo un instante todas esas emociones que aún anhelan salir de su pecho, que late frenéticamente cada vez que le siente cerca, cada ve que percibe que sus miradas se cruzan, que siente su mirada penetrante clavarse en el vaivén realizado al caminar por sus piernas.
Su mirada lo valía todo. Podía transcurrir un día entero de desafortunadas situaciones con clientes inconformes, gerentes exigentes, subordinados idiotas, todo éso podía soportar si, al final del día, o durante él, pudiese cruzar su mirada con la de él, al menos una sola vez. Sentir que por un efímero y a la vez eterno segundo podía imaginar un mundo en el que pudiese estar con él, pudiese gritar a los cuatro vientos su sentir, liberar las mariposas de su estómago, y dejarlas volar cual hojarasca de otoño que se desprende del suelo al momento de dejarse caer sobre el ancho e inmenso bosque de breve felicidad. Todo lo valía, si al final era capaz de sentir algo así.
Y, al mismo tiempo, ser capaz de seguir presionando el sentimiento adentro, forzándolo a quedarse, sentir cada vez que está cerca esa horrible traga en seco que deja el alma angustiada, resignada a seguir viviendo en la misma bipolaridad de felicidad y tristeza. Seguir deseando con todas sus ansias que se vuelva a repetir ése instante en el que juntaron sus cuerpos para bailar la suave melodía, juntarse un poco más ésta vez, bailar ésta vez más de una pieza. Desear el haber venido con él, y no venir con la que por ésta vez parece ser una buena amiga.
Anda, tómame una foto. Quiero que vean lo feliz que puedo ser estando sola.
Ella baila sola. En medio de tanta gente, disfrutando la música y olvidando todo pesar, todo malestar, toda vibra negativa que pudiera caer sobre ella mientras ondea su silueta fina y delgada, fingiendo una sonrisa y apartando los ojos de la lente, para que ésta no pueda ver a través de su iris el dolor que embarga su alma.
Entre el tumulto de gente, ella baila sola.
Dejo el libro que estoy leyendo por un lado porque escucho una voz que me llama para decirme que mi presencia es requerida en otro sitio. Sin problemas. Voy allá. Nuestros ojos vuelven a cruzarse. Sé, ya muy bien, que el hecho de que ella ponga esa cara seria de “no me importas” a pesar de que nuestras miradas han coincidido por al menos un par de segundos, no significa que no le interese en absoluto. Lejos está de saber lo que busca. Todavía.
Me voy sin que me pese dejarle ahí, mi jornada ya ha terminado, mientras que la de ella continuará un poco más. Pero da igual. Sé que no estaremos juntos nunca, pero no me deprimo por eso. Ya podré ver también a la otra chica, delgada en extremo, que ha pesar de no tener mucho que admirarle, y a pesar de su casi siempre desaliñada apariencia, no deja nunca de llamar mi atención. También está ésa chica morena que siempre me mira, de ojos color miel claro, que contrastan mucho con el color de su tez. Su silueta está bien proporcionada, pero verle no me provoca nada. Como tampoco me provoca la silueta imperfecta de la chica que me he encontrado en 3 ocasiones en el tren ligero, atestado de gente como es habitual a ésta hora de la tarde, que siempre va con sus tenis de lona puestos, escuchando música en sus audífonos, volteando con cierta discreta frecuencia hacia donde yo estoy.
Al llegar finalmente a la estación dónde tengo que transbordar, la chica delgada, la de los audífonos, la de los ojos claros, todas toman un rumbo distinto al que yo tomo. Usualmente suelo regresar tomar la misma línea que me ha traído hasta aquí, hasta la terminal, para tomarla de vuelta sólo para poder tomar un asiento disponible y poder entonces echar la acostumbrada siesta en el transporte colectivo cuando voy de vuelta a casa.
No siempre sueño en el trayecto, pero cuando lo hago, me lamento de haber despertado, por lo bueno que suele ser ése efímero sueño de 30 o 40 minutos, en comparación con lo que sueño durante mis siete u ocho horas habituales de descanso.
Sueño con el instante en el que mi vida tomó un rumbo distinto al que lleva ahora, un sueño en el que puedo salir con la chica del trabajo a tomar un café o pasar un buen rato en algún otro sitio. Sueño con el instante en el que la chica enfermera que ha tomado asiento a mi lado izquierdo me deja escrito en una servilleta su número escrito para que le marque en cuanto despierte. Sueño que escribo acerca de todas esas lindas mujeres que he tenido el placer de mirar a lo largo de mi todavía corta vida. Sueños que son posibles que se vuelvan realidad. Sueños de una realidad que no existe. Remanentes de un patrón que yo decidí que no existiera.
Mi vida no es precisamente infeliz. Tengo actualmente a mi propia pareja y no le cambiaría por nada. Puede en numerosas ocasiones engañarme mi subconsciente al momento de admirar a otras mujeres, admirar su belleza, tratar de encontrar alguna imperfección en ellas, y sentir fascinación en ello. Puedo codiciarles aunque sea por un breve instante, aunque al siguiente minuto trate de eximirme de hacerlo por muy difícil que sea, aunque después mi moral trate de hacer falsa penitencia.
De cualquier modo, no cambiaría nada de lo que tengo ahora, ni cambiaría por nadie a quien tengo ahora. Mi vida no es perfecta, sí podría ser mejor, pero no sería.
Érase una vez un ingenuo y joven yo que estaba por entrar a cuarto cuatrimestre. Conocía de antemano a todos los profesores que iban a impartirnos clase, menos al profesor de Matemáticas, cuyo nombre al leerlo en los horarios publicados me pareció familiar. Había escuchado de mala fama que era alguien muy “cabrón”.
Pues bien, en mi curiosidad por saber quién era, me dirigí con mi entonces maestra de Inglés, quien hablaba con un señor bajito y delgado. Le pregunté entonces si sabia quien era dicho profesor cuya identidad me tenía intrigado, y de quien había escuchado que era muy “cabrón” (sí, así se lo dije). Ella me dijo que no sabía, y que no podía ser tan mal profesor como me habían dicho que era.
Salgo del plantel y afuera me encuentro a un profesor que me había impartido las clases de inducción a la preparatoria, pero que jamás me impartió una materia como tal, a quien le pregunte quién era dicho profesor, y el me respondió diciendo que era ése señor hablando con mi maestra de Inglés…
Pueden adivinar quien fue la comidilla del profesor en los restantes 3 SEMESTRES DE MATEMÁTICAS que él mismo impartió a nuestro grupo.
Por cierto, él es el autor de los libros de Matemáticas que usaban todos en la escuela en ése entonces, por ello que me sonara familiar su nombre.
Uno de los tantos tantos tantísimos osos que me tocó vivir en preparatoria. Y a decir verdad es uno de los mejores profesores que he tenido.
El último día de secundaria.
En ocasiones me pregunto si lo disfruté lo suficiente o si me faltó experimentar un poco más. Este tiempo aquí ha sido gratificante, divertido y lleno de aprendizajes de cosas nuevas, cosas que considero inútiles y cosas que no tienen nada que ver con este sitio.
Ahora mismo me pongo a pensar que las clases me han parecido aburridas, largas y tediosas; eternas las clases de Historia y Matemáticas, y tan efímeras las de Artes, Educación Física y Literatura; ésta última no se distingue realmente por ser entretenida, pero el profesor nos lo ha puesto bastante agradable.
Esas clases tan cortas e insufribles son las que realmente extrañaré.
Mientras recuerdo todas estas cosas, a la vez que las lágrimas empiezan a querer salir de mis ojos, veo a mis compañeros avanzar cada uno a recibir su diploma de terminación de estudios secundarios, y regreso al presente, que me demanda estar imbatible para poder así mismo recibir mi propio reconocimiento.
Imbatible, porque la escuela entera mira, como también esta mirando, quizá, esa chica tímida, pero bonita del salón de a un lado, que tanto me ha llamado la atención desde que empezamos con esta fascinante aventura.
A lo largo de éstos 3 años, le he visto siempre solitaria, taciturna e introvertida. Nunca en compañía de nadie, ni siquiera cerca de sus compañeros de clase, a quienes sólo se dirigía para lo más indispensable. Me gusta, y a decir verdad ella me gusta mucho. Soy muy joven para decirlo, pero estoy seguro de que si hubiese una mujer que mereciera ser “la mujer de mi vida”, seguramente sería ella.
Sólo recuerdo haberle dirigido una vez la palabra, y por algo completamente casual: una vez, al entrar al instituto, mientras subía las escaleras para llegar a mi aula, no había notado que ella venía delante de mí, y no lo noté hasta que no vi que se le había caído una hoja color rosa claro. Iba absorto en mi pensamientos, tratando de memorizar frases para el examen de Inglés que tendría ese día, pero la hoja rosa me hizo desviar mi atención desde mis adentros hacia el mundo exterior, que me llamaba recordándome que había un mundo real fuera de la asignatura de Inglés y avisándome que a la chica que me gustaba se le acababa de caer una hoja, que ella no lo había notado, y que muy posiblemente podía esa ser mi oportunidad para poder acercarme a ella.
Entonces cogí la hoja, y vi que tenía escrito algunos poemas.
Quise empezar a leerlos, pero ella estaba a punto de entrar a su aula, contigua a la mía, y una vez ella estuviera dentro, ya no tendría más posibilidades de regresarle su hoja. Corrí y finalmente le alcancé. “Esto es tuyo”, articulé torpemente.
Ella me miró con semblante sorprendido e incrédulo. Me mira a mí, después a la hoja. Entonces la toma y dice “gracias”, sin mucha emoción y después entra a su salón.
Desde entonces me pregunté si ella había escrito esos poemas para alguien o si eran tarea de alguna clase.
Mi sentido común me decía que era lo segundo, pero mi paranoia me decía que era lo primero.
Durante tanto tiempo me ha atormentado la idea de que esos poemas fueran para alguien más que no era yo, y no me gustaba la idea de que tuviera una vida social completamente distinta fuera de la escuela a la que aparentaba tener fuera de ella, de que hubiese alguien más.
Y precisamente por eso, porque no sé si mi primera impresión fue lo suficientemente buena, por eso es que debo permanecer imbatible ahora, ahora que probablemente ella me ve, y ahora que también todos los demás lo hacen.
Finalmente, y tras finalizar la ceremonia, le busco con la mirada, porque no le vi pasar al estrado por su propio reconocimiento, pero no he logrado verle por ningún sitio.
Y es que ahora más que nunca, es que me apura tener la certeza de no volverle a ver nunca, de ni siquiera saber cuál es su nombre, ni su teléfono, ni dónde vive, ni saber qué es lo que hace en sus ratos libres.
En mi desesperación por encontrarle, le he buscado en todo el plantel, sin éxito. En la biblioteca, en las aulas, la explanada central, las canchas de Baloncesto, el taller de Artes y el de Música, en el gimnasio, el mismo gimnasio en el que gané 100 pesos en una apuesta, al lograr levantar unas pesas de 50 kilos sin práctica alguna. Cómo me hubiese gustado que ella hubiera visto mi proeza. Pero no más. Se ha ido, y no le volveré a ver.
De forma que, esos 5 minutos que dije tardaría en el sanitario, se volvieron 15 por tratar de encontrarla, cosa que tenía preocupados a mis padres, quienes me han dicho que me adelante a casa, mientras ellos recogen mis documentos y los reconocimientos de mi hermana menor, que ingresó hace un año.
En este momento es que me ha entrado ése sentimiento extraño de Déjà Vu, como si supiese de antemano que es lo que está por ocurrir. He visto al colibrí rojo elevarse por el aire hacia esa flor en forma de cono, para después desaparecer a la velocidad de la luz. He visto también como los últimos rayos de sol iluminan la cancha de Baloncesto, proyectando con su característica luz naranja cercana al atardecer la sombra de la malla que la rodea. He visto luego la calle donde empiezan a asomarse los edificios viejos que alguna vez fuesen departamentos de condominio y tras los edificios, he visto también, justo como en el que creo que ha sido mi sueño, su silueta ocultarse tras la tercera cuadra hacia aquél lado en donde las sombras parecen juntarse, como queriendo esconder lo que no debe ser mostrado.
En medio de ésta extraña sensación, he perdido la noción del tiempo que transcurre y de la realidad en la que habito, y me convenzo a mí mismo de que algo malo está a punto de ocurrir; empiezo a sentir ése incómodo vacío en el estómago, que parece ser llenado de forma detestable por la propia saliva que trago al saberme caminando hacia ése lugar donde las sombras se han juntado. Me motiva el saber que, tras esos edificios, la encontraré finalmente, caminando de forma despreocupada, mas cabizbaja, con la mirada perdida en el infinito de átomos que forman el asfalto sobre el cual ella camina, inconsciente del peligro que le espera inminente en el callejón que está más allá, a 9 pasos al frente, a su derecha.
Aún me encuentro caminando tras ella tratando de no hacer ruido, pensando si lo que creo que está a punto de pasar es o no realmente. El por qué ha escogido ella éste camino para volver a casa y el porqué es que va sola es lo que no entiendo del todo, pero esta visión puede tener cualquier adjetivo, menos los de coherente o real.
Entonces ocurre.
Un mosquito que se ha posado sobre mi brazo izquierdo me ha hecho darme cuenta que realmente me encuentro despierto, y de que la chica que va caminando 50 metros delante de mí definitivamente necesitará ayuda una vez que alcance el callejón. No, ya lo ha alcanzado, y entonces me doy cuenta de que ésta es definitivamente la realidad que habito y no un sueño, pues ha llegado a mis oídos la confirmación de dicho hecho en forma de grito desesperado, como el que se desprende de una persona cuya vida se encuentra echada a la suerte.
Empiezo a correr frenéticamente para ver qué es lo que ocurre, sabiendo de antemano que un hombre veinte centímetros más alto que yo y cincuenta kilos más pesado, está tratando de abusar de ella, la chica introvertida a quien pertenecía la hoja rosa con poemas. Ninguno de los dos parece haber notado mi presencia en su forcejeo, lo cual supone para mi una ventaja, aunque temporal, ciertamente. Me abalanzo entonces sobre él al momento que exijo que le deje en paz. Mi embestida le ha venido de sorpresa y he logrado derrumbarle, a la vez que ella logra ponerse de pie para intentar escapar. No logra hacerlo, pues el gigante ha conseguido asirle del pie derecho para evitar su huída, mientras hago un esfuerzo sobrehumano para tratar de que no se levante. No es suficiente. Es notablemente más fuerte que yo y logra arrojarme hacia un lado para incorporarse de nueva cuenta y venir ahora por mí. Logro escabullirme por su lado izquierdo en una maniobra digna de un juego de fútbol americano, el tipo trastabilla y tropieza, en su aparente estado de ebriedad. Me dirijo hacia ella ahora para ayudarle a levantarse, pero ella de nueva cuenta grita y me suelta, y solo hasta ahora es que logro recordar que el degenerado logró reincorporarse para luego correr hacia mí y embestirme justo como he hecho con él cuando comenzó todo el jaleo.
Quiero ahora empezar a recordar qué es lo que sigue ahora, pero los puñetazos que estoy recibiendo de su parte no me dan tiempo a recordar. Ella grita y pide auxilio desesperadamente, pero nadie parece escuchar y yo no logro reaccionar. El tipo ha dejado de golpearme y parece ahora ir por ella otra vez, arrastrándola de nuevo al callejón.
Logro ponerme de pie a pesar de estar herido y sangrando de nariz y boca. Cada paso que doy parece doler más que el anterior pero de alguna manera sé, y tengo la certeza, de que todo va a salir mejor de lo que esperaba o, al menos, muy bien. Logro separarles una vez más, sin tener idea de cómo es exactamente que lo he logrado. La he logrado poner a salvo, pues he oído sus pasos alejarse rápidamente gritando y llamando por ayuda. Sin embargo ahora él está encima de mí y no parece que vaya detenerse hasta terminar completamente conmigo. Sin embargo, al caer, he sentido en mi mano derecha una piedra de escombro, que puede ser suficiente como para librarme del lío de forma definitiva, la piedra es algo pesada, pero nada comparado con aquellas pesas que levanté en aquel gimnasio. Esto es todo. Es dejarme matar o ser yo quien mate…
La siguiente sensación que he tenido después de detener la catarata de golpes que se precipitaba sobre mí, es el abrazo de ella, a quien defendí casi a costa de mi propia vida, sollozando sobre mis hombros, preguntando por qué.
Porque me gustas, porque siempre me has gustado, y porque esto ha valido completamente la pena.
No, no sé si realmente lo he sentido, o si sólo ha sido una ilusión, o un sueño. Mas si ha sido así, debió ser un muy buen sueño.
Despierto al escuchar el sonido de las ambulancias alrededor de mí. Mi madre solloza mientras mi padre le consuela y le dice que todo está bien, y un oficial habla con ellos. De alguna manera soy capaz de voltear hacia donde está el tirano del que me he librado, sólo para observar que han colocado sobre él una manta blanca.
He sido absuelto por la autoridad, al actuar en defensa propia y al testificar ella en mi favor, me han dicho. Las camas de los hospitales no me son precisamente cómodas, pero es muy poco lo que puedo hacer en mi condición. Al despertar no está nadie conmigo, sólo está una hoja rosa con poemas escritos sobre ella, y una carta sobre ella, ambas cuidadosamente colocadas sobre el buró que está a mi lado izquierdo, el de la mano que por ahora puedo usar.
Léola sabiendo que ella argumenta que se irá pronto del país, que no hay fecha de retorno, y que aprecia profundamente lo que he hecho por ella, dedicándome, en respuesta a mi generoso gesto, la misma hoja que he recuperado por ella.
Bueno, suele decirse que las cosas más hermosas son las que no puedes tener. Pero esto, esperar hasta la edad adulta para ver si le volveré a ver, me parece un poco prolongado.
No la he vuelto a ver.